14/8/11

Orfeo y Eurídice, una historia de amor

Orfeo y Euridice, una historia de amor



Informe y texto: Karina Donangelo


En tiempos de Moisés, pero en otras latitudes, cinco siglos antes de Homero y trece siglos antes de Cristo, la gran sacerdotisa en el santuario de Apolo, vestida de Musa y coronada de laureles, cantaba ante los iniciados, el nacimiento de Orfeo, soberano inmortal, tres veces coronado en los infiernos, en la tierra y en el cielo.
Este joven, de sangre real, hijo del dios Apolos y de la musa Calíope aparece en Tracia. Fue el genio animador de la Grecia sagrada.
Cuenta la leyenda que Hermes le dio de regalo una lira de siete cuerdas, construida por él con un caparazón de tortuga rodeado con piel de buey y tripas de cordero, la cual abarcaba el universo y con la que creaba excepcionales melodías. Cada cuerda respondía a una modalidad del alma humana y contenía la ley de una ciencia y un arte. Todos los hombres y todos los dioses quedaban embelesados al oírlo cantar junto a su instrumento. Cuentan algunos autores de la Grecia clásica, que incluso las rocas se le acercaban a escucharle, los ríos retrocedían su curso y amansaba a las fieras.
Orfeo acompañó con su música encantada a los Argonautas en sus viajes y logró numerosas hazañas, como mover un barco desde la playa hasta las profundidades del mar; dormir a un dragón que custodiaba el becerro de oro, o liberar a los expedicionarios de los encantos engañosos de las sirenas.
Su cabellera rubia, orgullo de los dorios, caía en ondas de oro sobre sus hombros. Los feroces tracios evitaban su mirada, pero las mujeres versadas en el arte de los encantos, decían que sus ojos, de un azul profundo mezclaban en su filtro las flechas del sol con las caricias de la luna.
Un buen día, Orfeo desapareció. Nadie sabía de él. Se dijo que había muerto, y descendido a los infiernos. Hubo quienes aseveraron que había huido secretamente a Samotracia, o que se lo había tragado la espuma del mar.
Sin embargo, Orfeo, un joven erudito y con grandes inquietudes filosóficas se dedicó a investigar el mundo que lo rodeaba. Viajó a Egipto y allí se unió a los sacerdotes de Menfis, que le enseñaron los misterios de Isis y Osiris. En su afán por estudiar filosofía y la religiosidad de diferentes culturas viajó también a Fenicia, Asia Menor y Samotracia.
Volvió a Grecia, al cabo de veinte años instituyendo una importante disciplina religiosa, conocida como “Orfismo”.
Debido a su enorme belleza y sabiduría, muchas mujeres y ninfas lo pretendían en matrimonio. Sin embargo fue la modesta y encantadora Eurdice quien llamó la atención de Orfeo, casi sin buscarlo, pero con la certeza de que a ambos les aguardaba un destino común.
Orfeo se casó con ella y fue tiernamente correspondido a lo largo de su vida. Y es que, precisamente, al casarse con ella, Orfeo protagonizó una de las leyendas de amor más conmovedoras de la mitología universal.
Orfeo, a pesar de ser hijo del gran dios Apolos, y de poseer maravillosas virtudes e increíbles habilidades en el arte de la música y el canto siempre fue humilde y jamás se dejó entrampar por el orgullo y la arrogancia. Y hasta sentía pudor al despertar tal grado de admiración en las mujeres que lo rodeaban. Cuidó siempre de no herir los sentimientos ajenos. Y mantenerse leal a sus objetivos y a quien ahora ocupaba toda su atención, Eurdice.
Decidió casarse con ella, para lo cual pidió permiso a sus padres y al dios supremo del Olimpo, Zeus, quien se lo concedió sin dudarlo. Su unión fue extremadamente feliz; fue la concreción de sus sueños, la comunión entre dos almas, la materialización del arte y del espíritu. Pero esta unión fue poco duradera.
Un día, Eurdice estaba huyendo de Aristeo, quien la perseguía queriendo tomarla por la fuerza. Eurdice, que era mucho más ágil y astuta que su captor consiguió alejarse del mismo. Todavía asustada por la carrera vertiginosa y la amenaza del secuestro buscó ocultarse en unos matorrales, que crecían a la entrada de unas cuevas. El terreno del suelo era irregular y estaba lleno de huecos en la tierra.
Sobresaltada, Eurdice sintió un dolor punzante en el talón. Había sido mordida por una serpiente, cuyo veneno penetró precipitadamente por sus venas y le provocó la muerte.
Al enterarse, Orfeo fue víctima de una profunda tristeza, un tormento desesperado… Desconsolado, se propuso devolverle la vida costase lo que costase. Imploró a los dioses de los cielos que la devolvieran al mundo de los vivos, pero no halló ningún resultado. Entonces, envuelto en ese frenesí que envuelve a los enamorados y los viste de coraje, decidió bajar a los infiernos y pedir ayuda al dios Hades, rey de las profundidades y autoridad de los muertos.
Mientras penetraba en aquellas regiones telúricas del submundo entonaba canciones sobre su profunda tristeza. Las notas musicales que salían de su lira parecían un llanto persistente, un lamento lacerante. Estas melodías eran tan bellas, que Orfeo logró ablandar los ánimos de Hades, quien le prometió devolverle a Eurdice, pero con una condición. Durante todo el trayecto, mientras Orfeo subiera de nuevo al mundo de la luz, no debía mirar hacia atrás.
Así llegó Eurdice a su encuentro, entre le cono de las sombras Y detrás de Orfeo comenzó el ascenso al mundo de los vivos. La subida era lenta, pues el sendero era escarpado, y Eurdice aún estaba herida. Cuando estaban a punto de llegar a la salida, la joven se resbaló y se zafó de la mano de Orfeo. Éste, ansioso y preocupado giró la cabeza para ayudar a su amada. La vio por un instante, intentó asirla fuertemente contra él, pero en un abrir y cerrar de ojos, Eurdice se desvaneció en la oscuridad.
La desgracia lo cegó profundamente. El dolor le quebraba el alma. Intentó nuevamente penetrar en el Infierno, pero Caronte, el barquero y guardián de la entrada a las profundidades se lo prohibió.
Orfeo, desesperado permaneció en las puertas del Infierno siete días y siete noches sin probar bocado y sin poder conciliar el sueño. Las horas, las noches y los días transcurrían todos iguales, inexorables, profundos y crueles. Vagó por el desierto tocando la lira, conmoviendo a las criaturas salvajes y a los elementos de la naturaleza. Rechazando la compasión humana y sumiéndose en el aislamiento más profundo e incierto.
Muchas mujeres intentaron desposarse con él, pero sin éxito. Pues con su canto continuaba llamando a su amada Eurdice. Orfeo se sumía en la apatía y la indiferencia sin conseguir aplacar su dolor y los recuerdos que evocaban a su apreciada ninfa.
En venganza por los rechazos reiterados y desprecios que sufrían, estas mujeres que tanto lo admiraban y pretendían decidieron tomar represalias contra Orfeo. Durante unas fiestas celebradas en honor al dios Dionisos, en medio de griteríos escandalosos, poniendo de manifiesto sus deseos más obscenos junto con sus instintos asesinos, rodearon al héroe y lo mataron, ciegas de despecho y sedientas de venganza, despedazándolo en muchos trozos. Su cabeza fue arrojada al río Ebro y cuando llegó a las costas de Lesbos, las Musas la recogieron y sepultaron. Durante todo aquel trayecto Orfeo siguió llamando a Eurdice.
Cuenta la leyenda, que tras su muerte, en los bosques perdidos, desde la profundidad de su tumba aún se escuchan tristes melodías que hacen estremecer el alma de los hombres. En tanto que la lira de Orfeo se transformó en la constelación Lira, que contiene a la estrella Venus, la más brillante de todo el firmamento, como símbolo del amor que nunca muere.

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