10/3/08

Los misterios griegos

Informe y texto: Karina Donangelo

El Oráculo

La religión, la política, y la educación, confluyeron en la antigüedad en una práctica que aún en el presente despierta sumo y variado interés, ya que proliferan numerosos seguidores que van desde improvisados entusiastas hasta investigadores académicos. La adivinación del futuro jugó un peculiar papel desde la prehistoria. En el siguiente artículo se comenta el singular desarrollo de está actividad en la Grecia de antaño, una de las cunas de nuestra cultura.
Desde el principio de los tiempos, el hombre se ha interesado por su presente y ha estudiado su pasado. Pero, si hay algo que aún lo desvela es el futuro. Ya en la prehistoria, el hombre se guiaba por distintos presagios fundamentalmente tomados de la naturaleza, esto explica que muchas de las religiones más antiguas hayan sido panteístas.
Brujos y adivinos predecían el futuro a través de la lectura de las líneas del hígado de un buey, de la posición de los astros, de la interpretación de los sueños, de los fenómenos climáticos, de la posición de las runas o caracoles, etc.
Por lo general, a la práctica de la adivinación se le confería un carácter sagrado. Para ello se edificaban templos monumentales, que representaban a la divinidad a la que se quería consultar.
A estos santuarios se los conoce como Oráculos. Ya en el Antiguo Testamento encontramos registros de la denominación que se le daba a estos templos. Pues se llamaba oráculo a aquella parte del santuario donde Jehová hablaba a Moisés y al Sumo Sacerdote,...”la voz del Señor se dejaba oír por encima del Arca” (Éxodo cap. 25 y 30).
En Babilonia y Asiria, Samar y Abad, los “bele-beri” (señores de la adivinación eran los encargados de ponerse en comunicación con los dioses en los oráculos para predecir el futuro de sus pueblos.
En Egipto, los oráculos más importantes fueron los de Heliópolis y Abydos, en los que las consultas se hacían por la mediación de una persona, que llevaba escritas las preguntas y las depositaba en el santuario y de igual forma recibía las respuestas.
Los oráculos en Grecia

En Grecia, se cree que el más antiguo de los oráculos fue el erigido en honor a Zeus, en Dodona. También se les atribuyen gran antigüedad a los de Delfos y Olimpia, en el primero de los cuales se suponía que hablaba Apolo, el dios profético por excelencia.
También en la antigua Italia hubo oráculos. Cabe mencionar los de Averno, cerca de Cumas; Esculapio en Roma y el de la famosa sibila de Cumas. Las corporaciones sacerdotales eran las encargadas de administrar los santuarios donde radicaban los oráculos; conservaban en sus archivos copias, tanto de las preguntas como de las respuestas. De aquí nacieron, entre otros, los “Libros sibilinos”, los “Carmina Marciana”, etc.
La religión griega poseía complicadas y numerosas supersticiones. Se sacaban presagios del vuelo de las aves y de las entrañas de los cadáveres.
También se procuraba conocer el porvenir y para esto se recurría a los oráculos de los dioses; los más celebres fueron el de Apolo en Delfos y el de Zeus en Dodona de Epiro, donde el rumor de una antiquísima encina sagrada respondía a las preguntas de los consultantes.
El templo de Apolo fue el más importante del mundo; se asentaba sobre una plataforma dominada por el Parnaso, desde donde la ciudad de Delfos, al pie de las paredes escarpadas se inclinaba hacia un profundo precipicio, entre fragosas montañas. En este templo, aislado del mundo, en un ámbito de impresionante silencio, y en medio de las fuerzas de la naturaleza se creía que Apolo se comunicaba con los hombres por mediación de una sacerdotisa inspirada, que se llamaba Pythia o Pitonisa.
Los días en que se la consultaba, la pitonisa, sentada en un trípode en el borde de un abismo, cuyas emanaciones provocaban en ella una especie de crisis nerviosa lanzaba gritos inarticulados, que los sacerdotes traducían a los fieles. Los mensajes de este oráculo se redactaban en frases con doble sentido y eran difíciles de interpretar.
En lo alto del Parnaso (monte de 2.459 mts de altura) sede de las musas y las bacantes se celebraban también las orgías en honor al dios Dionisos. Cuando parecía que la oscuridad iba a vencer a la luz, venían de Delfos, de Ática y de Beocia para ejecutar las danzas salvajes y nocturnas. Bailaban con las cabelleras sueltas, llevando antorchas en las manos, tirsos y serpientes sagradas. Danzaban al son de la aguda flauta y del ritmo obsesionante del tambor. Creían que en aquel estado de “locura sagrada” o “frenesí báquico”, el alma se liberaba del cuerpo y se unía a la divinidad, permitiéndoles así penetrar el futuro y profetizar (*).
Más abajo, en Delfos se adoraba a Apolo, dios de la danza, de la poesía y de la inspiración, pero por sobre todas las cosas, de la Luz. El dios que ilumina al mundo, el gran testigo, al cual nada escapa. Los rayos de su divina luz penetran por doquiera, atraviesan la oscuridad más negra e iluminan la inteligencia humana, tornando todas las cosas visibles y presentes. Desde todas partes del mundo helénico acudían las gentes a su templo para pedirle consejo y protección. Preguntaban si la cosecha del año sería buena o mala, si debían comprar un esclavo, si casarse o no.
Representaciones de pueblos y ciudades iban también a preguntar al oráculo sobre la voluntad de los dioses, cuando tenían negros presagios, cuando reinaba el hambre y la peste o antes de tomar una decisión importante.

Enseñanzas didácticas

Antes de entrar al templo de Apolo, los peregrinos se bañaban en el agua cristalina de la célebre fuente Castalia; después ofrecían sacrificios en el gran altar que estaba ante el santuario. Coronaban la entrada, leyendas escritas con letras de oro sobre los muros, que atraían la atención del visitante y lo invitaban a meditar. Estas leyendas se atribuían a los “Siete Sabios de Grecia”, y aconsejaban entre otras cosas el dominio de sí mismo y la moderación. Los griegos consideraban al orgullo (Hibris) como el más grave de los pecados. El primer deber de cada mortal era conocer sus propias limitaciones. La más importante inscripción del templo de Apolo era : “¡Conócete a ti mismo!”. Junto a estas palabras se leía también: “¡Guarda en todo la medida!”, y “¡Guárdate de la exageración!”. Los Siete Sabios de Grecia son también autores de otras sentencias que manifiestan una profunda experiencia de la vida, como por ejemplo: “Sólo es desgraciado quien no puede soportar la desgracia”, y “La prosperidad precede a la decadencia”.
En el interior del templo estaba el lugar donde los peregrinos recibían las respuestas, pero les estaba prohibido ingresar. Allí se encontraba Pitonisa, la sacerdotisa que como antes mencionáramos entraba en trance, como una médium espiritista, y profería palabras sin un sentido aparente.
El oráculo alcanzó enorme influencia, no solo porque predecía el futuro, sino porque aconsejaba a los hombres en sus crisis de conciencia y les ayudaba a vivir en paz con los dioses. Los sacerdotes eran hombres sabios y debían tener experiencia de la vida y un profundo conocimiento del hombre. Sus relaciones abarcaban todo el mundo helénico; conocían con exactitud el estado de cada región y de este modo podían dar consejos acertados. Cuando los dirigentes de uno u otro Estado inquirían la manera adecuada de llevar su política, los sacerdotes conocían las circunstancias como si estuvieran presentes.

Política y adivinación

En las luchas políticas, el oráculo tenía como norma estar siempre en armonía con el más fuerte. Desde luego, los sacerdotes podían equivocarse algunas veces, pero por lo general podían salir del compromiso formulando respuestas vagas, susceptibles de interpretarse de varias maneras. Así, la Pitonisa recomendó al gran estadista y general tebano Epaminondas, que se guardara de Pelagus, que significa “mar”. No obstante, Epaminondas encontró la muerte en el interior del país, en Arcadia, tan lejos del mar cuanto era posible en el Peloponeso. Los sacerdotes del oráculo adujeron que en realidad cerca del campo de batalla existía un bosque llamado Pelagus.
El oráculo tuvo más suerte cuando predijo que la guerra del Peloponeso duraría 27 años. Los sacerdotes debían conocer la situación a fondo, puesto que predijeron una guerra tan larga: “Tres veces nueve”, solo significaba quizá una frase hecha para designar un período de larga duración; pero, en este caso, la cifra simbólica fue bien escogida. El oráculo tuvo también la suerte de estar de parte de los espartanos desde el comienzo de la guerra hasta el final –recordemos que Esparta triunfó-. Por el contrario, los sacerdotes tuvieron menos suerte, con relación al conflicto entre griegos y persas; sobrevaloraron las fuerzas persas y creyeron que el poderoso ejército de invasión arrollaría a los griegos, pero ocurrió exactamente lo contrario. Los sacerdotes explicaron que la victoria se debía a la intervención del oráculo y de las fuerzas naturales a favor de los griegos.
Delfos fue el centro religioso de Grecia; “El Hogar de la Hélade”, como se denominaba al oráculo. Era para los griegos, lo que Roma llegó a ser para los cristianos en la Edad Media y La Meca para los musulmanes.
Este lugar, era considerado como el centro del mundo y se simbolizaba esa idea con una piedra sagrada en forma de medio huevo, colocada en el templo; se llamaba “Onfalos” (ombligo), el “Ombligo del mundo”. Sobre ella se habían encontrado dos águilas enviadas por Zeus; una precedente del este y la otra del oeste. En el exterior del templo había una reproducción de esta piedra sagrada, que las excavaciones posteriores han puesto al descubierto.
De todas partes se recibían presentes para el dios Apolo, y en tan gran cantidad, que su templo era insuficiente para guardarlos a todos. Por ese motivo, los Estados griegos más ricos mandaron construir en Delfos extensas habitaciones donde se conservaban los obsequios de la divinidad. No hay duda de que el rey de Creso fue quien hizo la ofrenda más rica: un verdadero tesoro de oro y plata.
El templo fue destruido por un terremoto, unos 4 siglos antes de nuestra era; así pues hubo necesidad de reconstruirlo y los donativos afluyeron de todas partes, hasta de Crimea. También el faraón envió un aporte considerable.
Pero llegó un tiempo en que las riquezas de Delfos incitaron al robo y al pillaje. Las hordas tracias fueron las primeras que lo asaltaron; después los romanos se llevaron una gran cantidad de tesoros e incontables objetos de arte; y por último, los cristianos también dirigieron sus ataques de tipo dialéctico contra este “bastión del paganismo” –según sus dichos-.
El furor destructor se cebó, sobre todo con el lugar más sagrado del templo: allí donde se sentaba la Pitonisa. Y los terremotos e inundaciones se añadieron a los estragos originados por el hombre.

*Nota de la autora: Se cree que éste es uno de los orígenes míticos de los famosos ritos que muchos años después pusieron en uso las mujeres practicantes de magia, condenadas a la hoguera, en algunos países, por la Inquisición y en otros por el ultrarradicalismo puritano como en el caso de las brujas de Salem.. Sin embargo, algunos historiadores e investigadores aseguran que dichos rituales y la práctica de la brujería se remonta a los mismos orígenes de la humanidad, en civilizaciones antiquísimas, situadas en ciudades tales como Ur, Asiria, Caldea y Babilonia.

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