3/3/08

Cafés Porteños - Parte 1


Un recorrido por los viejos cafés de Buenos Aires

En todos los rincones del mundo, el café ha inspirado revoluciones, polémicas, amistades, enamoramientos y separaciones... Dicen que alguna vez, Buenos Aires tuvo un café en cada esquina, y que en los barrios, la noche peregrinaba de un local a otro. Era una ciudad con tiempo para arreglar el mundo desde una mesa de café, con el bolsillo suelto y las esperanzas apretadas. En las mesas, un pocillo de café se alargaba interminablemente, tanto como la nostalgia impregnada por el humo de un cigarrillo...
A continuación, compartiremos una serie de artículos, dedicados a esta verdadera pasión rioplatense.

En torno al café, bebida que en otros tiempos se creyó milagrosa y que continúa despertando pasiones, se han fundado los bares más importantes del mundo y se han creado en ellos grandes obras de la cultura universal. Honoré de Balzac no podría haber escrito gran parte de sus obras sin abundante café del lado de su diestra...

Origen y leyendas del café

Para entender un poco sobre esta pasión porteña bien vale adentrarse en la historia del café. Una de las leyendas mas difundidas acerca del origen del café procede de Abisinia (Etiopía). Esta cuenta que en el siglo VI, un pastor etíope, llamado Kaldi observó que noche tras noche, sus cabras no lograban conciliar el sueno, y se la pasaban dando brincos por entre los arbustos. Nadie se explicaba el motivo de tal fenómeno, hasta que finalmente, el pastor vio que su rebaño comía granos rojos de los arbustos que crecían en lo alto de las montañas. El hombre pensó que las cabras estaban poseídas por el demonio, e inmediatamente se dirigió hasta un monasterio cercano para pedir que exorcizaran a los animales. Uno de los monjes decidió acompañar al pastor hasta donde solían pastar las cabras, casi convencido de que el trastorno bien podría deberse a la ingestión de alguna hierba tóxica.
El monje recogió los granos dispersos al pie del arbusto; los llevó al monasterio, y los religiosos de la aldea cocieron las semillas y hojas en agua hirviendo, logrando un brebaje fantástico, que vencía el sueño y brindaba la posibilidad de permanecer todas las noches rezando y estudiando El Corán. A esta bebida la llamaron KAWEH, que significa fuerza o vigor.

Pasó mucho tiempo hasta que el resto del mundo islámico pudiese descubrir las bondades de este líquido vigoroso; porque los etíopes, celosos del hallazgo, prohibieron la comercialización fuera del país, para que nadie supiera de los placeres ocultos de la bebida.

Recién llegó a La Meca a fines del siglo XV y simultáneamente, se abrieron en dicha ciudad los primeros "cafés-tiendas" del mundo. Con el tiempo, estos lugares se difundieron por todo Egipto, Siria y Turquía.

En el 865, y gracias a Al Razi, un estudioso y científico se comprobó empíricamente las propiedades estimulantes de estas semillas. Dichos aportes, les sirvieron a los persas pare disputarle la paternidad del brebaje a los etíopes. Y como buenos sabedores del marketing y los negocios contribuyeron a la difusión y comercialización de esta sustancia por todo el mundo de la antigüedad.

En 1524, tras varias revueltas políticas se cerraron todas las confiterías de El Cairo, aunque se autorizó el consumo en las casas de familia, donde la costumbre popular adoptó una forma singular de endulzar esta rica sustancia: mediante higos secos.

En esa época, los turcos empezaron a exportar los granos y abrieron varias tiendas en Estambul. Y finalmente, de la mano de la dominación turca fue como el café hizo su aparición en Europa. Hasta el siglo XVII se preparó "a la turca"; y en Venecia se inventó el filtro o tamiz, gracias al cual, los bebedores evitaban sentir en la boca la borra del café (el primer local de café de esta ciudad se abrió en 1683).

En Roma, los sacerdotes católicos intentaron prohibirlo, porque lo consideraban "bebida de infieles". El beber café, prácticamente se convirtió en causa de excomunión para los creyentes que se atrevieran a cometer semejante sacrilegio. Varios teólogos de la época le pidieron al Papa Clemente VIII (1535 - 1605) que prohibiera "el fruto de Satanás", pero para sorpresa de ellos el café era la bebida preferida del Sumo Pontífice, quién además de permitirla, la bendijo.

Esta bebida desembarcó en Francia, a través del puerto de Marsella. El promotor del café fue Solimán Aga, el embajador del sultán Mehmet IV en la corte de Luis XV. Se dice que en Versalles, el "Rey Sol" (Luis XIV) preparaba la bebida con sus propias manos en una cafetera de oro. Luego fueron los armenios quienes abrieron las primeras "casas de café", que se hicieron muy populares en Paris.

La primera cafetería se abrió en 1554 en Constantinopla -actual Estambul-, allí sólo se servía café. Estos lugares se denominaban "casas de la sabiduría". En 1630 se abrió un café en Oxford, el primero de Inglaterra, y dos años mas tarde, otro en Londres. Mientras que en 1730, los portugueses desembarcaron en Brasil con las prodigiosas plantitas de café bajo el brazo. Y en España, se generalizaron a fines del siglo XVIII, especialmente en Barcelona y Madrid.

Las leyendas, los orígenes y las procedencias son extensas y variadas, sin embargo, en cada región del planeta aún hoy se sigue disfrutando del café; una sustancia que invita a la reflexión, la creación artística, al amor y a la inspiración.


Algunas falsificaciones...

Con fines industriales y comerciales se falsifica el café verdadero de maneras diversas. Se sustrae, en principio, la cafeína y se la reemplaza por sustancias llamadas "sucedáneos", que nada tienen de tal cosa.

Entre esos "falsos cafés" se cuentan la achicoria (falsificada a su vez con cereales, bellotas, remolachas, zanahorias o desechos de cervecería), además; malta, altramuces, guisantes, astrágalos de España, algarrobas, cañafístula y cuajaleche, entre muchas otras.

Los cafés de Buenos Aires

En todos los rincones del mundo, el café ha inspirado revoluciones, polémicas, amistades, enamoramientos y separaciones...

Dicen que alguna vez, Buenos Aires tuvo un café en cada esquina, y que en los barrios, la noche peregrinaba de un local a otro. Era una ciudad con tiempo para arreglar el mundo desde una mesa de café, con el bolsillo suelto y las esperanzas apretadas. En las mesas, un pocillo de café se alargaba interminablemente, tanto como la nostalgia impregnada por el humo de un cigarrillo...

Los cafés son la veta tanguera de Buenos Aires y su cultura nacional; el mito viviente de las costumbres populares. Tertulias infinitas, poetas trasnochados, amores y desamores, negocios y negociados, discusiones políticas y lecturas insospechadas.

Algunos cafés y confiterías rescatan la belleza de la decoración de la belle époque y muestran sus delicados vitraux y sus refinadas ornamentaciones. Estos bares fueron y siguen siendo también el lugar mas barato pare instalar la redacción de una revista. Y son los sitios ideales para recrear un micro salón de conferencias donde siempre se tendrá asegurado un orador ad honorem, o un grupo de oyentes atentos a algún tipo de disquisición.

Al principio en Buenos Aires, sólo se ofrecían café y chocolate con bollos o churros, pero pronto desembarcaron los billares, las copas, los naipes, el dominó y los dados.

El primer café de Buenos Aires se abrió en 1799, en la actual esquina de Pte. Perón y San Martín; se llamó Café de los Catalanes (1799 - 1873). Y fue uno de los escenarios elegidos pare las primeras manifestaciones antivirreynales; fue contemporáneo de la Revolución de Mayo; mientras que los súbditos del rey Fernando VII se reunían para conversar en el viejo Café de Marco (1801 - 1871). Parece que existía una pica bastante virulenta entre los parroquianos de Los Catalanes y los del Café de Marco, lugar vecino al solar que actualmente ocupa el Congreso Nacional (los Catalanes servía como tribuna política y competía con el de Marco, donde concurrían los morenistas, "muchachones perdidos y sin obligaciones" -según dijera Deán Funes, puntero del saavedrismo-, tales como Francisco Seguí, Lucio Mansilla o Julián Álvarez).

Desde fines del siglo pasado y hasta principios de la década del ´20, los cafés fueron escenarios exclusivos de conferencias literarias. Hacia los años ´20, las letras le cedieron lugar al compás del 2 x 4, y el tango trasladó la música y las letras de los conventillos y arrabales a los adoquines de la Avenida Corrientes.

Llegados los años ´30, y al calor de los primeros golpes militares que azotaron la República empezó a entreverarse la política. El reducto de las acaloradas charlas ideológicas fue La Helvética, por donde pasaron los periodistas Bartolomé Mitre y Roberto Payró. También el teatro fundó su escenario social en los cafés de Buenos Aires, y entremezcló la bohemia del drama, la comedia y la tragedia con el tango y la milonga, entre los años ´20 y hasta los ´50. Ya hacia los ´60, los cafés se convirtieron en pantalla de los protagonistas del cine nacional, artistas y escritores. Y por aquella época, en una de las mesas de La Paz, un prestigioso círculo de periodistas fundó la agencia de noticias internacionales Prensa Latina.

Aún hoy, pese a que la fórmica y el plástico continúan causando estragos, todavía subsisten algunos sitios, que se resisten a la hipermodernidad y conservan el mármol, la madera y el estaño. En los últimos años, han sido remodelados más de 700 cafés porteños. Y la gran mayoría ha perdido el espíritu que los hizo famosos en todo el mundo.

Haciendo una breve recorrida por los barrios de Buenos Aires, todavía se pueden apreciar huellas de un pasado que se niega a perecer. De aspecto austero, con pocos objetos, en los barcitos yacen aún vitrinas de estaño y campanas de vidrio que protegen los pebetes y sandwiches de miga, o las medialunas y los biscuit. En algunos cafés, todavía quedan espejos astillados por el tiempo y las angustias; viejos edictos policiales, ya fuera de circulación; fotos de Carlitos Gardel o algún afiche de la época dorada del cine argentino, como el de la película "Besos Brujos".

En el barrio de Villa Crespo, por ejemplo, está el café San Bernardo (Avda. Corrientes, entre Acevedo y Gurruchaga). En él todavía se exponen los premios ganados en los campeonatos de billar, que se organizaban periódicamente; y aún se pueden en tomar sin cargo los mazos de cartas y las cajas de dominó. Cuentan sus habitués de la vieja guardia, que allí tocó por primera vez, en forma profesional la orquesta de Osvaldo Pugliese; y que en ese lugar escribió algunos de sus textos en lunfardo Esteban Celedonio Flores.

También en el ABC, que estuviera ubicado en Avda. Córdoba y Scalabrini Ortiz, había un escenario con vitrolera, y también allí ejecutó su música Pugliese. Tocó además "La Paquita", primera bandoneonísta argentina, en 1924. Hasta no hace mucho se podían ver los envases de vino, grapa y licor, ya pasados de moda, que por supuesto, no estaban a la venta.

Clásicos que hacen historia.

Tanto Los 36 Billares (Avda. de Mayo al 1200) como La Academia (Callao 336) poseen el sector de la entrada remodelada, pero a medida que uno se va introduciendo en el recinto, comienza a transitar historias pasadas que se funden como manchas de tigre en el presente. Allí se abre un mundo antagónico a la cultura del merchandising; es el mundo de los billares, las cartas, los dados, el pool, el dominó y el ajedrez.

En el lugar que actualmente ocupa La Academia, funcionó la caballeriza de una funeraria que -por los años ´40- se convirtió en café. Por allí pasaron Atilio Stampone, Alberto Castillo, el Mono Gatica y Pugliese, entre otros.

Históricamente, el billar fue un juego que estuvo muy asociado al café. Los 36 Billares posee su salón de juego situado en el subsuelo, y tiene actualmente 14 mesas de billar; una de casino y una de snooker.

Hacia los años ´60, debido a la situación económica se hizo difícil mantener tantos bares con mesas de billar. Por este motivo, hoy apenas se conservan unos pocos. Así, el juego fue saliendo de los cafés, para instalarse definitivamente en los clubes, que aportan un ambiente distinto y mucho mas amplio.

Recordamos también el Dante, de Almirante Brown, entre Suárez y Olavarría. Este café trabajaba con gente del mar, procedente de distintas partes del mundo. Concurrían marineros, miembros del Sindicato de Marítimos y del frigorífico El Anglo. Por la noche, lo visitaban payadores, magos y músicos ambulantes, que con bandoneones y guitarras montaban un verdadero show y concluían su número pasando la gorra.

La Perla, situado en Del Valle Ibarbucea y Pedro de Mendoza en la Boca, era frecuentado por el pintor Quinquela Martín y pintores bohemios, que retrataban los distintos perfiles de Caminito. Este barrio sureño no siempre fue el hábitat de la clase trabajadora, llena de remembranzas y amante de la comunicación humana. La Boca fue también el marco en el cual se reunían seres de mal vivir, es decir, de vida displicente.

Don Manuel de Bilbao, en su libro "Buenos Aires desde su fundación", nos dice: "La Boca con sus cafetines en la Ribera, en la calle Pedro de Mendoza, con su ultra cosmopolitismo, en que se oyen todos los idiomas y dialectos imaginables; con su ferrocarril, que llegaba hasta la esquina de Pedro de Mendoza y Brown, llenos de curvas y desvíos; y con su Ribera llena de instalaciones mecánicas y corralones. La calle Arena era la que costeaba casi todo el Riachuelo, lugar temido por los lecheros, debido los frecuentes asaltos". (Pág. 579, Imprenta Juan A. Alsina, Buenos Aires, 1902).

Este comentario, sumado a otros aportes documentales periodísticos de la época, nos permiten saber que los cafetines del barrio de La Boca ocasionaban todo tipo de inconvenientes a los vecinos.

El diario La Prensa, del 26 de febrero de 1887 informaba que "en el almacén de Herrera y California, por diferencias en el juego, dos individuos llamados Luis Bianchi y Domingo Salerno salieron a la calle donde el desafío fue aprovechado por el segundo para apuñalar en el costado izquierdo a Bianchi. El agresor fue detenido y la víctima, curada en su domicilio".

Lejos de recrear la leyenda negra de este lugar, comentamos estos hechos, como reflejo y testimonio de una época, en la que los paisanos de este barrio y los primeros inmigrantes llevaban el escozor sentimental, ardiente y pasional a flor de piel.

En el Café de los Negros, ubicado en Suárez y Brandsen se reunían la mayoría de los parroquianos, cuyo color de piel coincidía con el de la denominación del bar. Muchos de ellos eran de origen portugués. Unidos a la colectividad, los domingos salían a bailar y candombear, mientras evocaban en sus letras, el viejo y lejano terruño.

Una imagen de antaño: el café Los Inmortales...

En el Café Royal, durante la época en que los hermanos Newbery realizaban los primeros vuelos en Buenos Aires, Francisco Canaro firmaba su primer contrato (1908), en una de las mesas de este lugar. Por aquel tiempo, el local era conocido como "Café del Griego", debido a la nacionalidad de su propietario, don Nicolás Bardaka.

El Café Bar La Popular estuvo en la esquina de Suárez y Necochea. Su propietaria era una mujer muy atractiva, tanto por su belleza como por su calidad humana. Esta esquina fue denominada por algunos como "La esquina del pecado", por la frecuencia de marineros y mujeres de vida fácil, que merodeaban los cafetines en busca de diversión o para ahogar sus penas. Cuentan que las mujeres regenteadas por La Popular fueron las preferidas de los marineros; y que su dueña guardaba en su pecho, angustias de un querer; el amor no correspondido de Eduardo Arolas, que con la magia de su bandoneón y del tango orillero arrebataba corazones y suspiros por doquier.

En la esquina de Pedro Varela y Sanabria, en el barrio de Devoto se yergue el Café de García, que todavía ostenta una vieja caja registradora y las mesas de billar junto a todo tipo de antigüedades, como por ejemplo los viejos botellones, donde todavía se vierte el vino; o la porcelana inglesa del baño de la primera casa de veraneo que tuvo Antonio Devoto, en 1095. Y hasta no hace mucho tiempo, el Bar Oviedo, de Mataderos (Avda. de Los Corrales y Lisandro de la Torre) conservaba en su frente, los palenques, donde se ataba a los caballos.

Sobre héroes y tumbas.

El café Británico, ubicado frente al Parque Lezama, en Brasil y Defensa permanece intacto. Fue creado en 1928, y desde entonces, nunca cerró. Este lugar debe su nombre a los muchos ex-combatientes ingleses de la Primera Guerra Mundial, que lo tenían como punto de reunión. Desde hace 36 años lo regentean José y Manolo, dos españoles que alzaron las banderas de la patria de una forma muy singular: durante la Guerra de Malvinas le quitaron a la denominación del café la sílaba ''Bri''' y pasó a llamarse temporariamente "Tanico" a secas. Se dice que el escritor Ernesto Sábato escribió la novela "Sobre héroes y tumbas" en una de sus mesas.


Informe y texto: Karina Donangelo

1 comentario:

Marcelo dijo...

No te olvides de La Puerto Rico en Alsina entre Defensa y Bolivar.