9/3/08

Sueños de Patria y Libertad

Informe y texto: Karina Donangelo
Un 16 de julio de 1809, al grito de “¡Mueran los chapetones!”, miles de manifestantes iniciaron la revolución en la ciudad de La Paz. El pueblo depuso al entonces gobernador y estableció una Junta Tuitiva de Gobierno. La proclama decía: “Ya es tiempo de sacudir el yugo tan funesto a nuestra felicidad. Ya es tiempo de levantar el estandarte de la libertad en estas desdichadas colonias adquiridas sin el menor título y conservadas en la mayor injusticia y tiranía”.
Para entonces, una revolución similar había ocurrido en Chuquisaca, en el Alto Perú. En Paraguay, José Antequera y Castro acaudilló al pueblo; levantó a los ejércitos y derrotó a las tropas del rey en una sangrienta batalla. Junto a su sucesor, Fernando Mompox, quien organizó a los partidarios de Antequera, bajo la denominación de “Comuneros”.
En Nueva Granada, también hizo eclosión la llamada Revolución del Socorro, en la que más de 20.000 comuneros avanzaron sobre Santa Fe de Bogotá y sometieron a las autoridades reinantes.
Hacia fines del siglo XVIII se produjo la famosa Sublevación de Tupac Amaru. José Gabriel Condorcanqui, cacique de Tungasuca e hijo del Inca Tupac Amaru acaudilló la rebelión de sus hermanos de raza, sometidos a todo tipo de maltratos y exclusión social.
Mientras que en la antesala epocal de lo que sería nuestro país, un 25 de mayo, en una neblinosa mañana de 1810 se consolidó la Revolución de Mayo.
Bajo un cielo plomizo, corrían por las calles húmedas del centro de Buenos Aires, grupos de entusiasmados criollos, gritando a voz de cuello “¡Libertad!”, ante la mirada atónita y desconfiada de los realistas, mientras el pueblo se iba congregando en la Plaza mayor, frente al Cabildo. Derrochaban coraje, como lo habían hecho cuatro años atrás, en la lucha contra el invasor inglés. Todos al unísono proclamaron libertad, mientras bregaban por un nuevo destino y una patria propia, libre del yugo extranjero.
Aquella mañana nacía una nueva nación, nuestra nación.

Pour la Liberté!!!

Los efectos de la Revolución Francesa se diseminaron por todo el continente europeo. Y llegaron hasta los lugares más remotos de la Tierra, en este caso, América y más específicamente el Virreinato del Río de la Plata.
Tras guerras civiles, persecuciones políticas, inestabilidad y la guerra de los Estados absolutistas contra el poder de la revolución se instauraron los ideales representativos de este hecho sin precedentes, que significó un corte en la historia y la apertura de un nuevo capítulo para la humanidad. Los derechos individuales, la democracia, la división de poderes, la soberanía popular, el concepto de Estado y el de Nación son algunas de las ideas que servirán como estandartes, a lo largo de la historia moderna y contemporánea.
Ante la avanzada del poder napoleónico en Europa y la ocupación de España, por parte de las tropas francesas, los estados americanos comenzaron a reclamar la independencia de la Corona española, incapáz de dirigir su organización política y de satisfacer los requerimientos económicos.
Quienes incentivaron, en parte estas ideas revolucionarias en el Río de la Plata fueron los ingleses, quienes recalcaron la decadencia de la metrópoli, la política obsecuente a las miras napoleónicas, la ineptitud de los funcionarios encargados del gobierno, el desastroso régimen monopólico, el abuso del despotismo y la injusticia de su sistema económico.
Sin embargo, el proselitismo de los ingleses abrió una grieta en el pensamiento social, que más que buscar un cambio de amo, buscó la representación política de un gobierno propio.
La idea patriótica triunfó por sobre el imperialismo y el absolutismo. Y poco a poco se forjó nuestra Nación.

Bandera de mi Patria

Aquella neblinosa mañana de 1810, el pueblo se congregó en la Plaza mayor, frente al Cabildo. La ciudad se vistió de color celeste y blanco. Ambos colores se usaron también como detalle en los uniformes de los primeros regimientos patriotas, y expresaban el sentimiento común, ya convertido en proclama. Incluso, cuenta la historia que Domingo French y Antonio Luis Beruti condecoraron con cintas celestes y blancas, los pechos del gentío congregado en la Plaza. Pero fue Manuel José Joaquín del Corazón de Jesús Belgrano, quien con estos colores creó y vistió a uno de los símbolos patrios de nuestro país; la bandera nacional, un 27 de febrero de 1812, en Rosario, a orillas del río Paraná. Pero se le rinde homenaje, todos los 20 de junio, en conmemoración por la fecha de la muerte de su creador.
Hoy la bandera flamea en la punta de los mástiles y campanarios. Sin embargo, cabe preguntarse ¿hasta qué punto representa hoy la bandera celeste y blanca, aquellos ideales de independencia, soberanía y libertad?
“Bandera de la patria celeste y blanca, símbolo de la unión y de la fuerza con que nuestros padres nos dieron independencia y libertad; guía de la victoria en la guerra y del trabajo y la cultura en la paz; vínculo sagrado e indisoluble entre las generaciones pasadas, presentes y futuras”, comienza diciendo la oración a la bandera, y más adelante concluye: “ (...) que a su sombra la Nación Argentina acreciente su grandeza por siglos y siglos y sea para todos los hombres mensajera de la libertad, signo de civilización y garantía de justicia”.
La libertad es el marco en el cual se hace efectiva la soberanía nacional. De acuerdo con la definición de la Enciclopedia Salvat, “Soberanía” es “El poder de que dispone el Estado de mandar; calidad del poder político de un estado o de un organismo que no está sometido al control de otro estado o de otro organismo”.
La soberanía y la libertad son dos de los ideales representados, entre otros símbolos patrios, por la bandera argentina. Ahora bien, ¿qué significado se da hoy a la Patria? Y ¿hasta qué punto ha imperado en estos últimos años la “Patria argentina”, por sobre nuestro territorio nacional?
Según la historiadora Silvia Finocchio, “La pertenencia a la Patria se entiende como un vínculo fundamentalmente político. La Patria son sus ciudadanos. La pertenencia común está cobijada por un conjunto de compromisos compartidos. El patriotismo se expresa en la vigencia y la defensa de esos derechos. Por eso, fuera de la democracia, no hay Patria”.
En este sentido, el rumbo que ha tomado el escenario político argentino en estas últimas décadas ha demostrado que el vínculo político no ha sido con sus ciudadanos; pues los compromisos contraídos con organismos financieros, entes reguladores y empresas internacionales han trascendido nuestras fronteras y colocado a nuestra población y sus derechos en una ignorada periferia, en muchos casos netamente marginal.

Todo cambia y todo queda

Hoy, a casi doscientos años de los movimientos emancipadores en Latinoamérica, si bien los pueblos han logrado independizarse del poder de España y Portugal principalmente, la mayor parte de la población cayó bajo la dominación de otro tipo de poder. El poder de los hacendados y terratenientes, primero; de inversores y multinacionales después. Durante los años que transcurrieron desde aquellos sucesos, Argentina y el resto de las naciones latinoamericanas han vivido todo tipo de acontecimientos. Desde el crecimiento y desarrollo de países riquísimos, hasta la expoliación más feroz de sus principales bienes. Presidencias ejemplares y gobiernos nefastos. Violentas guerrillas y terrorismo de Estado.
La inestabilidad económica, las políticas de ajuste, en concordancia con el rumbo global del capital y la corrupción enquistada en las esferas del poder, entre otras cosas han producido en estos últimos veinte años gravísimas crisis sociales, un desborde en los altos índices de desempleo y pobreza y un peligroso descontento popular.
Por eso podemos aseverar que hoy asistimos a “nuevas geografías en movimiento”. Porque es evidente que hay más de una América latina. Existe una América de los “ricos”; una América de los que ya no son, y una América de los que no se rinden y quieren ser...
Por eso, cabría preguntarnos hasta qué punto se concretó la Revolución Americana; o si de verdad gozamos de independencia, cuando el destino de nuestras naciones está más comprometido con los intereses externos que con su propia población. Sin ir más lejos, la presión que ejerce Estados Unidos en temas estratégicos como la Ley de Patentes medicinales; la política de “Cielos Abiertos” (es decir, privatización, desregulación total del transporte aéreo, lo que supone la pulverización final de las líneas aéreas nacionales) y asuntos como la injerencia de la DEA estadounidense y la participación militar en la lucha contra el narcotráfico y la seguridad interna, entre otros, son una clara evidencia de la falta de independencia nacional. Sin dejar de considerar la fuerte y soterrada presión que viene propulsando por sobre la soberanía económica y comercial en los distintos países de Sudamérica en pos de que los mismos efectivicen la fractura total del Mercosur en pos de nuevos acuerdos con el Tratado de Libre Comercio (ALCA).
Como si todo esto fuera poco, el escenario actual latinoamericano guarda una amenaza mucho mayor. Amenaza que por muchos años permaneció soterrada, en otras épocas contrariada por el ideal utópico y libertario de personajes tales como el Che Guevara, entre otros, quienes bregaban por una verdadera unión de los pueblos latinoamericanos. Esta amenaza no proviene de un enemigo externo. No, la amenaza está adentro, en el corazón mismo del continente. Y es ni más ni menos que la propia fractura o fragmentación, no ya de bloques continentales, sino incluso de naciones enteras.
Hoy, Argentina y Uruguay están enfrentadas por las papeleras; Bolivia provocó una aguda preocupación en el continente, tras anunciar que nacionalizará sus recursos y aumentará el precio del gas. La actual presidenta, Cristina Kirchner y el de Brasil, Lula Da Silva intentan cual malabaristas, conservar el equilibrio frente al impetuoso avance de Chávez, quien rompió con la Comunidad Andina de Naciones, y luego decretó la muerte del Mercosur. En tanto que Paraguay y Uruguay, quienes acusan de ser ignorados por los socios mayores, filtrean con la posibilidad de firmar tratados extra bloque. Mientras que la situación política entre Colombia y Ecuador, junto con la ruptura de relaciones de Nicaragua con el resto de los socios americanos torna más inestable aún el escenario hemisférico. Sin dejar de lado el recrudecimiento de la pulseada de poder de algunas organizaciones guerrilleras, como fue el caso último de las FARC con la toma de rehenes. Todo esto no hace más que dar cuenta del fuerte proceso de desintegración que por un lado, está diezmando la creencia de una supuesta sintonía ideológica en la región, y por el otro muestra el rumbo global, no ya del continente sino del mundo entero; esto es un enorme mosaico en donde conceptos tales como Democracia, Estados – Nación, Soberanía, Federalismos, libertad e igualdad carecen ya de contenido conformando un nuevo escenario geopolítico en constante movimiento, más caracterizado por choques y fracturas que por alineamientos y confederaciones.
En lo que tiene que ver con nuestro país, habrá que ver si la dirección adoptada primero por Néstor Kirchner, con la continuidad de su señora esposa y actual y enigmática Presidenta, Cristina Kirchner, en la aplicación de las políticas de gobierno se mantiene como lo ha hecho hasta. Está bien que nuestro país tenga mayor presencia en las cumbres internacionales y mayor participación en los asuntos de política exterior latinoamericana y cooperación. Sin embargo, ya es hora de que la clase política entienda de una vez por todas que no se puede hablar de soberanía nacional, desentendiéndose de la suerte de la mitad de la población argentina.
Por todo esto, podemos aseverar que el largo proceso independentista, libertario, pero por sobre todo emancipatorio que se inició con la Revolución de Mayo, entre muchas otras, todavía no concluyó. Y lejos estuvo, y lejos está de enmarcarse dentro de lo que muchos sostienen que son los límites nacionales. Porque hoy está a la vista que la soberanía de los pueblos no se consolida ni con límites geográficos ni con muros excluyentes o símbolos patrios, sino con la propia identidad. Identidad que todavía para muchos no encuentra lugar en este mundo.
Nuestra bandera, además de estar asociada al nombre de su creador, nació durante la revolución que para muchos fue de la libertad, la independencia y la soberanía popular; concebida heroicamente en la víspera de una batalla. Por eso, los argentinos la sentimos como el signo de nuestra historia, de nuestras libertades, de nuestros derechos, de nuestra dignidad como nación. Nuestra bandera reivindica además, la herencia indígena y la vocación de integración con los otros pueblos sudamericanos. Y es precisamente este sentimiento el que aún nos mantiene vivos, el que resguarda nuestras esperanzas, a pesar de tantos golpes y desengaños.
Por eso, que nunca nos queden banderas vacantes, ni escenarios vacíos; porque como decía Leopoldo Marechal: “Un escenario vacío es una petición de historia....”

Historia del Carnaval

Informe y texto: Karina Donangelo

El Carnaval y la subversión del órden establecido

Llenos de magia, misterio, jolgorio y desenfreno, los carnavales no siempre se han caracterizado por ser fiestas alegres sino también trágicas y crueles.
Los primeros registros que se tienen de estas festividades datan de 4000 años atrás, en Babilonia. En este país, bordeado por los ríos Tigris y Eufrates se veneraba a Marduk, dios fundador de esta legendaria ciudad, en el colosal templo que lindaba con los famosos jardines colgantes, que popularizaron a este reino de la antigüedad. En ese santuario, y durante el inicio de cada primavera, se efectuaban las primeras celebraciones, que duraban cinco días y empezaban en julio. Durante el festejo, todas las jerarquías y autoridades babilónicas eran subvertidas, al punto de que los sirvientes llegaban a darles órdenes a sus amos. No sólo se faltaba a las leyes, sino que también se ridiculizaba a la justicia. Por aquellos días, a uno de los reos se le concedía disfrutar de exquisitos manjares, vestir las prendas del monarca y cortejar a las esposas del Harem. Hasta que al caer la tarde funesta del quinto día, dejaba de ser rey para ser castigado y condenado. Con la muerte del "falso rey", el pueblo expiaba sus culpas, liberándose de toda la malicia e impureza. De este modo, el verdadero monarca comenzaba un nuevo período de su reinado, limpio y reconciliado con los dioses.
Aunque el orígen de estos festejos proviene de tiempos remotos, etimológicamente, la palabra "carnaval" recién fue acuñada en Europa, a fines del siglo XV. Derivaba del termino italiano "carnevale", derivado a su vez, de las palabras carne y levare ("quitar"), que aludían al comienzo del ayuno de carne de la Cuaresma, es decir, los 46 días a contar desde el miércoles de ceniza inclusive, en los cuales se conmemora el tiempo que Jesucristo ayunó en el desierto, según la tradición cristiana.
Así, la procedencia de las palabras nos permite observar cierta ambigüedad en el orígen de la fiesta del carnaval: por un lado, de carácter religioso, fortalecido en la Europa medieval; y por el otro, satírico - pagano, vigorizado por la tradición popular.
Sin embargo, y pese a esta antinomia entre lo sagrado y lo profano, los antecedentes del carnaval recuperan su rastro en las Saturnales romanas, celebración prohibida posteriormente, con la conversión del imperio al cristianismo.

Las Saturnales de los esclavos en Roma

Muchas de las fiestas celebradas por el pueblo romano de la antigüedad debían su aparición, especialmente, al ritmo del trabajo agrícola. En este contexto tiene su fundamento el origen de las saturnales. Una de las fiestas favoritas, dedicada al dios Saturno.
Oficialmente, las saturnales se celebraban el día de la consagración del templo de este dios, el 17 de diciembre, y duraban siete días. Fueron las fiestas de la finalización de los trabajos del campo, celebradas tras la conclusión de la siembra de invierno. Gracias al ritmo de las estaciones, toda la familia y hasta los esclavos domésticos tenían la oportunidad de suspender, al menos por un tiempo, los esfuerzos cotidianos y dedicarse a la recreación.
El lema de esta festividad era "vivir y dejar vivir". Los banquetes eran muy frecuentes y la gente tenia por costumbre obsequiarse todo tipo de regalos, especialmente velas de cera de llamativos colores.

Durante esos días, el mundo quedaba patas arriba. Todo lo que ordinariamente estaba prohibido, en ese momento se permitía. Dentro de las casas de familia, las barreras sociales que diferenciaban a un amo de un esclavo desaparecían. Y a este ultimo se le otorgaba la licencia para decir a su señor verdades incomodas.
Las leyes y los cargos públicos eran caricaturizados. El pueblo elegía al rey de los bufones, de las clases inferiores y este daba órdenes irracionales incitando a la bebida, al baile desenfrenado y a todo tipo de placeres. Al final del festejo, este rey de los locos era ejecutado.
Todos los sectores participaban animosamente de esa festividad, inclusive el ejército. Los soldados romanos se disfrazaban con ropas de mujer, se ponían pelucas y hablaban en voz de falsete.
Mas tarde y con la difusión del cristianismo, sacerdotes y obispos se opusieron a las saturnales. Uno de los más famosos detractores de este tipo de festividades fue el predicador estrasburguez, Gailer von Kaisersberg, al respecto dijo: "Sabemos de muchos que bailan de manera tan grosera con sus actos y sus gestos, que nunca podremos hablar bastante de su insolencia. En nuestros tiempos se practican en el baile excesos tan indecorosos, como jamás hemos visto, ni oído. Igualmente, salen a relucir bailes que nunca han sido costumbre anteriormente y de los que no nos admiraremos lo suficiente. Tales son, por ejemplo, el baile de los pastores, el de los labradores, la danza italiana, la de los nobles, la de los estudiantes, la de la olla, la de los mendigos. En resumen, que si fuera a enumerarlas todas, tendría para una semana. Por otra parte, vemos individuos groseros que bailan de forma tan puerca e indecorosa, que lanzan a lo alto a mujeres y doncellas y estas se exhiben por detrás y por delante hasta las ingles, es decir, que se les ven sus hermosas piernecitas blancas o sus botines negros o blancos, a menudo tan llenos de mierda y sucios que uno no puede menos que escupir (...), por no hablar de las canciones putañeras indignas y degradantes que se cantan y que incitan al sexo femenino, al impudor y a la lujuria".
(Rolf Hellmut Foerster: Das Leben in der Gotik, munich, 1969, pp. 285 s).

Se impone la tradición

Pese a los cambios sociales y culturales, muchos elementos costumbristas se fusionaron a lo largo del tiempo, dando lugar a una revitalización folklórica, que aun hoy brilla por su esplendor.
Más allá de las críticas del clero, la Iglesia católica también participo de estas festividades, especialmente en Francia, donde los clérigos inferiores y menos instruidos practicaban todo tipo de obscenidades. Hacia el siglo XII, era común que los sacerdotes eligieran a un obispo de los bufones, quien se sentaba con gran pompa en el trono episcopal de la iglesia. A partir de ese momento, comenzaba la misa cantada, en la que participaban todos los clérigos con las caras tiznadas, con mascaras ridículas. Por su parte, mujeres y algunos sacerdotes disfrazados de bailarines danzaban y coreaban canciones burlescas. Otros comían salchichas sobre los altares, jugaban a las cartas o a los dados en presencia del cura sacerdote que pronunciaba la misa. Mientras otros participantes se paseaban con un incensario donde ardían trapos viejos. Concluida la misa, muchos bailaban desnudos en el lugar sagrado. Luego salían de allí y gran parte de la comitiva se subía a viejas carretas, lenas de basura, mientras se divertían lanzando excrementos al populacho que los rodeaba. (John Gregory Bourke: "XVI Vom Narrenfeste, von Subdiakonfeste...", en : F. S. Krauss y K.Reiskel: Die Zeugung in Glauben, Sitten und Bräuchen der Völker, Leipzig, 1909, pp. 131 s).
Inclusive muchas personalidades intelectuales de la iglesia veían en estas prácticas una especie de válvula de escape que debía abrirse de vez en cuando, no solo para el pueblo, sino también para el clero.

En Alemania, aun hoy existen corporaciones tradicionales carnavalescas, cuya conciencia de grupo ha prevalecido pese a las distintas tendencias niveladoras de la cultura de masas.
Como ejemplo, citamos al "Honorable Tribunal de las Mascaras", institución nacida en la pequeña aldea de Grosselfingen, en la region de Hohenzöllerr, y cuyos orígenes se remontan a la peste del año 1439. Allí, una vez al año, los habitantes del lugar instauraban el tribunal y tenían la libertad de imponer a cualquier forastero un castigo y decirle en la cara, hasta la verdad más descarnada. Se vestían como arlequines y algunos portaban sombreros como símbolo de la libertad.
La justicia social que se intentaba implementar en aquella festividad era la contrapartida del poder opresivo que ejercía la burguesía sobre el campesinado. Esta especie de justicia popular prefiguraba un instrumento de control social frente a las arbitrariedades de los más poderosos, bajo el anonimato del bufón enmascarado. Todavía se conservan, en el sur de Alemania los libros de bufones, en los cuales se llevaba un registro de las culpas contraídas por los paisanos a lo largo del año. Se cree que el verdadero origen del Tribunal de las Mascaras surgió en una cofradía religiosa. (Cfr. L. Petzoldt: Das Narrengericht in Grosselfingen, Institut für den Wissenschaftlichen Film, Gotinga, Film E2318) (Publikationen zu Wiss. Filmen, serie 11, num. 8, 1981).
El día principal del acto anterior al domingo de carnaval se abría con un elogio a los miembros vivos de la hermandad y un oficio por las almas de los miembros difuntos. Uno de los elementos característicos del tribunal de las mascaras son los personajes disfrazados, los Butzen o Pestbutzen ("duendes", o "duendes de la peste"). Se vestían de negro con largas sayas y una careta negra con bordados de tela multicolores y una capucha que los hacia parecer muchos mas altos. Las caretas negras eran semejantes a ciertas piezas de la vestimenta de las cofradías religiosas medievales, cuya tarea era de asistencialismo social, cuidado a los enfermos y sepultura a los muertos. Por eso, a estos duendes, se los llamaba también "duendes de la peste", ya que los miembros de las cofradías de la peste llevaban caretas para protegerse del contagio.
Algunos de los 200 actores se repartían en distintos cargos o funciones: el arlequín, el caballito del bufón, el tamborilero y el flautista, el bañista, el violinista, el juez, el orador y el acusador. También, un gran numero de mozos vestidos de blanco y fustigadores, hacían estallar sus látigos cortos, produciendo restallidos rítmicos similares a los disparos de Año Nuevo. Los personajes más llamativos eran los bañistas y los butzen, quienes se encargaban de ejecutar la pena impuesta por el honorable tribunal de las mascaras. El castigo consistía en azotar públicamente al malhechor con el látigo de los enmascarados, o arrojarlo en una fuente de agua.
En los desfiles de carnaval del Renacimiento, se acostumbraba representar motivos de la antigüedad: Neptuno, entronizado en un barco; Caronte, subido a su barca; Baco, llevando encadenadas a las bacantes; y Tántalo, Sísifo y Prometeo, sufriendo los tormentos del infierno.
Tiempo después, y con el apogeo del periodo Barroco, los cortesanos y la nobleza prefirieron las escenas bucólicas, cuyos personajes paradigmáticos estaban representados por pastoras y pastores, cazadores, gitanas y jardineros.

¡Agua va!

Muchas costumbres se celebran siglo tras siglo, sin embargo pocos conocemos el sentido primitivo y original de las mismas.
Una practica habitual durante el carnaval es la de arrojar agua. Para quienes viven en el hemisferio sur, no podría haber mejor justificación que la estación veraniega, caracterizada por las altas temperaturas. Pero tal parece que este uso se originó en la Venecia del siglo XVIII, donde el frío invernal no daba tregua.
Algunos historiadores alegan que este divertimento nació cuando los lugartenientes trataban de mantener encendida una vela, mientras caminaban por las calles durante el Martedi grasso, martes de carnaval. Aquellos que lograban mantener encendidas sus velas, hasta que aparecieran los primeros destellos del amanecer - según se creía - atraían la buena suerte.
Muchos venecianos suspicaces consideraban que la suerte no merecía ser distribuida equitativamente, por eso buscaban astutamente apagar las velas de sus semejantes. Entre ellos, había uno - según cuenta la tradición- que era por demás ambicioso, y no tuvo mejor idea que colocarse un sombrero con 7 velas encendidas, con tan mala suerte, que al pasar por debajo de los balcones de un palazzo, un bribón apagó sus velas de un santiamén con un simple baldazo de agua.

Un poco de política

Los carnavales no sólo fueron divertimentos folclóricos, en los cuales reinaba el jolgorio, sino que también abrieron el camino a la crítica política.
En 1348 estallo una revuelta gremial en Nuremberg, Alemania, contra el Consejo Municipal, ocupado exclusivamente por patricios. El único gremio que permaneció fiel al emperador y al Consejo fue el de los carniceros. Una vez que las aguas se aquietaron, el emperador los recompensó, otorgándoles el privilegio de organizar el desfile de mascaras.
Durante el cortejo, los aprendices de matarife solo podían bailar con las hijas de los carniceros. Hacia el final se hacía un majestuoso desfile con una salchicha gigante, con la que se ofrecían los respetos al Consejo. Los patricios también se incorporaban al desfile y se formaban comparsas de enmascarados, que se exhibían como "hombres salvajes". La mascara del hombre salvaje representaba a un primitivo ser demoníaco del bosque, cubierto de pieles, líquenes y musgo.
La figura del hombre salvaje se hizo muy popular no solo en Alemania, sino también en Italia y la corte francesa.
Por otra parte, en 1931, durante el carnaval de Niza, muchos pobladores se pasearon con carteles y pancartas en las cuales hacían una dura crítica repudiando el alto costo de la vida.
Aun hoy en día se pueden escuchar protestas políticas y sociales en los coros entonados por murgas, que con un humor ácido divierten y advierten acerca de realidades, que muchas veces ni con máscaras, ni disfraces se pueden ocultar...